2 de diciembre de 2011

Tu mundo en mi camino... Cap 5

DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a S. Meyer y a L. J. Smith la historia es de mi autoría.


 "¿Qué eres?"
DPOV.:

Desgarrador.
Esa era la palabra que describía perfectamente la escena que tenía ante mí. Sus gritos, sus gritos eran absolutamente desconsolados tanto o más que su llanto.
La observé revolverse nerviosa entre los espasmos del llanto verdaderamente anonadado.
Digo, yo obviamente no era ninguna clase de blanco angelito que fuera consolando a jodidas quinceañeras pero esto, esto era demasiado. Incluso para mí, que era un condenado hijo de perra.
Vagamente me preguntaba cómo era capaz una simple y tan frágil humana para soportar tan alto nivel de al parecer agonizante dolor como el que ella demostraba.
 Dudosamente me acerqué a ella y la zarandeé para despertarla.
––¡Hey mocosa!–– le grité por sobre sus quejidos.
Yo me estaba exasperando ¡Maldición! Haría cualquier cosa con tal de que se callara. Cualquier cosa… Pero sólo había tres opciones que funcionasen que yo conociera para acallar a una mujer, y creo que no podía aplicar ninguna de ellas… ¿O sí?
a1.      Golpearla: cosa que no podía hacer porque necesitaba que cooperara para hablar.
b2.   Mmm... Matarla: No me importaría hacerlo… Pero, repito, necesitaba que primero me dijera toda la maldita información que tenía dentro de ese muy inútil cerebro suyo.
c3.   Besarla: una solución jodidamente  buena… Cuando la persona a la que se lo harías era hermosa, y estaba despierta para demostrar su fuego. No a una zombi medio muerta con serios traumas emocionales que gritaba hasta dormida como si la estuviesen destripando cual ganado.
¿Sería siempre así? Me encontré preguntándome de repente.
¿Y a mí que me importaba? Me dije en respuesta. Si así fuera, no quería saberlo y si así fuera, su padre al convivir con ella ya la habría matado.
Pero los gemidos y lloriqueos continuaban, por lo que hice la única cosa que se me ocurrió para salvar mis sensibles oídos de tanto insoportable ruido. Sí, miren a lo que esta mocosa me había reducido. Era ahora un vampiro desesperado, desesperado por callarla, y no de manera permanente como realmente quería exactamente.
Me acerqué y le tomé la cabeza para besarla levemente, tampoco era como si quisiera besarla con pasión hondamente ni ninguna estupidez de esas, nooo…
Sin embargo.
Un inesperado movimiento de su mano me tomó desprevenido y me dejó evidentemente desconcertado.
En el instante en que posé mis labios sobre los suyos entreabiertos ella dirigió magistralmente sus manos a mi cuello, enredándome en ella y prácticamente, obligándome a posar mi boca de una manera más firme.
Mmm… Sabía deliciosa. Dulce y fresca, y… Excitante.
––Mmm… Edward… ––gimió ella entre besos.
Eso fue una completa patada a mi ego.
¿Por qué mierda estaba besando a aquella chiquilla cuando estaba llorando a otro? ¿Acaso no había tenido ya suficiente siendo siempre el que sobraba con Elena y Stefan, o con Katherine y Stefan? ¿Por qué siempre era igual para mí? ¿Y desde cuando me había convertido en un quejica? Y más allá de todo eso ¿Por qué de pronto me sentía tan… Raro con todo ello?
Me separé y meneé la cabeza con fuerza para despejarme del embrujo en el que parecía haber caído.
¿Acaso sería una bruja? ¿Tendría alguna especie de poder?
N lo creía, pero… Había cosas.
Cosas, como que no podía leerle la mente ni lograr que hiciera nada que le ordenara, cosas como salvar un secreto de vampiros a costa de su propia vida, aun cuando estos claramente la habían abandonado como si nada. Cosas como que, al parecer, sabía ‘demasiado’ de todo lo concerniente a nuestro mundo y aun así estaba aquí, viva… Sobreviviendo.
Ella no era nada en comparación a Elena y, sin embargo…
Sin embargo me la recordaba tanto.
No. Ella no se parecía en nada y tenía que sacarme esa idea de la cabeza si estaba dispuesto a todo con ella para conseguir respuestas.
Aun soñando esbozó una dulce sonrisa tras el beso. Como si al creer, pensar, soñar o imaginar aquel simple contacto que de verdad hubiese sido un beso de su dichoso vampiro le trajera algo de calma. Paz.
Sí, su rostro ahora mostraba paz.
Que humana tan extraña, pensé desconcertado una vez más.
Sí, Elena amaba a Stefan y esa era una tortura cotidiana y muy masoquista de ver, pero no sabría decir i ella soportaría tal grado de dolor en vano en caso de que este la abandonara así, como a un perro. Sonreí.  Claro que con el sólo hecho de pensar en que mi adorado hermanito la abandonara lo primero que se me venía a la mente era que eso me daría el lugar perfecto para consolarla. Sí, lo sé, era un maldito ¿Y?
La chiquilla batió sus párpados hasta por fin lograr abrirlos. Su mirada era una completa y compleja mezcla de emociones, y me descubrí a mí mismo queriendo descubrir el porqué de cada una de ellas.
Dolor, esperanza, anhelo, resignación, amor, odio, enojo, consternación.
Mi recurso de leer expresiones era infalible y certero, más tantas emociones juntas y en tan pocos segundos fueron demasiadas para captarlas y analizarlas todas–– incluso para mí.

Bien ¿Y ahora qué hacía? ¿Me le hacía el vampiro malo y sádico hasta horrorizarla diciéndole lo que era capaz de hacerle? ¿O el amigo encantador y sumamente preocupado por su bienestar futuro y de otros al que darían ganas de consolar?
Mmm… Apostaba mi anillo*(1) a que la ganaría más con la segunda opción. Esta extraña chica tenía toda la pinta de ser la típica chica mártir de hace más de ochenta años.
-¿Cómo te sientes?- pregunté  con voz suave, tratando de sonar persuasivo.
Ella enfocó en mí su mirada y su inmediata reacción fue puramente instintiva, un obvio terror para conmigo. Genial. Era bueno saber que aún tenía algo de instinto con ella, una lástima que llegara tan tarde al parecer.
Se arrastró por el sillón hasta quedar arrinconada contra el respaldo y el apoyabrazos.
-¿Tú?- preguntó consternada.
¿Acaso recordaría algo del beso? La observé sacudir su cabeza como para despejar su mente.
-¿Cómo…? ¿Dónde estoy? ¿Tú? Olvídalo… Yo-meneó nuevamente la cabeza mientras yo ahora ya la miraba con aburrimiento-. Hagas lo que hagas no voy a hablar, sobre… Ellos- susurró casi, casi ahogándose con la última palabra.
Arrgg… Juro que tuve que apretar los labios para no hincarle los dientes en el primer lugar que me pusiera al alcance. Maldita muchacha estúpida y traumada ¡Pero qué mierdas se venía creyendo! Argg. La boca se me llenó de veneno para inyectarle, y el tragarlo se me hizo condenadamente difícil. Paciencia ¿Paciencia? ¿Yo? Ni mierdas, yo no tenía paciencia y mucho menos con este tipo de niñatas.
No supe exactamente cuando fue que comencé a pasearme nerviosa y presurosamente por toda la maldita habitación, pero así estaba. Morder ¡Quería morder algo! ¡Quería morderla a ella!
Bien, de acuerdo. Haría otra de las cosas que en mi mida quería hacer… Pensar en qué demonios haría Stefan en esta muy estúpida situación ¡Iag! A ver… Él es todo blando y comprensivo, así que… Lo más probable es que fuera hacia ella más a consolarla que a pedirle- o más bien exigirle- algo, cualquier cosa en estos momentos.
Respiré hondo.
*
BPOV.:
*
Estaba aterrada. Eso sería obvio hasta para el más tonto, pero, aun así... Aun así no lo haría. No hablaría sobre ellos. Mis recuerdos, mis recuerdos eran lo único que me quedaba… Y yo… Simplemente no podía. No podía defraudarlos. A ninguno. Nos sólo, a él, ellos me habían confiado su secreto, uno que ponía en riesgo incluso su propia existencia ante aquellos que regían sus leyes y hacer cumplir las normas. No era por él, me repetía como una especie de mantra en mi torbellino mental, una y otra vez.
El verlo así, tan alterado, tan… Desesperado por unos segundos, que me hizo dudar ¿Qué sería tan importante para él, para alguien tan cínico y petulante para que estuviera a sí? O mejor dicho ¿Quién? Era hasta, tierno, en algún lejano punto de vista ¡Para ya Bella!
-Mira- dijo con la voz cargada de emoción-. Sé que no hice esto de la manera más… Correcta- se acercaba a mí lentamente, de manera cauta ¡Cómo si pudiera dañarlo! Y su mirada… Su mirada era hielo puro, tan clara y cristalina como el hielo de un glaciar ¿Cómo podía él tener esos ojos? ¿Cómo? ¿Acaso serían lentillas? No, no lo creía pero… ¿Qué rayos era él?- Necesito que me digas algunas cosas, necesito que me cuentes lo que sabes.
-No- respondí queriendo sonar segura de mi misma, en cambio, mi voz salió de forma tal que  parecía una niña ante la reprimenda de su padre.
-¡Escúchame! –gritó tirándose de los oscuros cabellos.
Edward.
Su nombre como eco resonó e mi mente ante aquel simple y vago gesto.
-¡NO!- grité tapando a mis oídos como niña chiquita. Dios ¿Cuándo acabaría todo esto? ¿Cuándo tendría suficiente? Quería que alguien viniese a rescatarme, que alguien me consolara por el mal que había quedado grabado en mi alma tras su partida.
¿Alguna vez había sido más consciente que ahora de cuan rota y quebrada estaba en verdad? ¿Por qué? Sentí como cada pensamiento que los pocos retazos de mi alma se resquebrajaban aún más ¿Por qué? En mi mente resonaba aquella pregunta una y otra y otra vez, envolviéndome en una espiral sin sentido, ni lógica ya.
Creí, Dios, en verdad creí que podría confiar en llegar a ser alguien medianamente normal, algo a medio camino entre lo que era ahora, sea lo que sea, y aquello que fui antes de que él, ellos, apareciesen en mi patética vida… Y esto, obviamente, me demostraba cuan ilusa había sido. En todo.
Sentí mis lágrimas caer a mi regazo, fluyendo como corriente de río helado.
-¡¿Por qué?!- grité, presa de un dolor y una ira que había logrado bloquear hace tiempo y que ahora, justo ahora, resurgió aun con más intensidad- ¡Maldita sea Edward! ¡¿Por qué?!- grité llorando mientras, aun sentada en el sillón, recogía mis piernas, abrazándome a mí misma y escondiendo la cabeza entre ellas.
Me sentía literalmente al borde de un oscuro precipicio, balanceándome, tentando al riesgo, tentando mi suerte. Anhelando en cierto modo la caída. El olvido.
E… Increíblemente, la mano que me salvó de aquello, la que me salvó de caer en picada y perderme fue la de aquél que me había causado mi deplorable estado actual.
-¡Hey!- gritó él levantándome del brazo con un fuerte tirón, haciéndome reaccionar de golpe, quisiera o no.
-YA BASTA NIÑITA, ACASO PIENSAS…- él siguió y siguió mientras mi mente giraba tan sólo en una palabra.
Niñita ¿Niñita? ¡¿Niñita?!
-¿Niñita?- le grité enfurecida- Ni una mierda ¡¿Quién carajos te crees que eres?! ¿Quién carajos eres para venir aquí y quitarme la poca paz y tranquilidad que había logrado obtener después de tanto? ¡¿Quién mierda eres?! O mejor dicho ¡¿Qué mierdas eres?! ¿Por qué todo lo estúpidamente místico tiene que venir a joderme la existencia? ¡¿EH?! ¡Contéstame idiota! ¿Acaso ya no te diviertes conmigo?- dije gritando y diciendo todo de manera rápida y un tanto atropellada, totalmente presa de la locura sin mediar reacciones ni temores.
Fue entonces cuando él hizo algo totalmente descabellado, impensable y… Desconcertante como poco.
El escaso medio metro que nos separaba fue acortado por tan solo uno de sus pasos, y sin darme tiempo o reacción rodeó mi cintura con su brazo aplastando bruscamente sus labios contra los míos.
Yo… No… No tuve reacción. Ninguna.
Mi bravuconería o locura, como prefieran llamarle, murió con su primer milímetro de contacto. Mi razón voló como el viento. Mis defensas cayeron desastrosamente. Jamás, jamás me habían besado así. Jamás. Ni siquiera Él ¡Mucho menos él!- me rectificó algún resquicio de mi mente.
Él no presentaba ningún tipo de contención consigo mismo. Él buscaba las formas más insinuantes para entreabrir mis labios con una maestría exquisita en la que yo estaba ya más que perdida. Lo logró. Sí, lo logró en el momento en el que jadeé al sentirlo estrellar su cuerpo contra el mío.
Una vorágine de sentimientos encontrados me inundaron haciendo en consecuencia que doblara mis rodillas. Tantas cosas…
Me horroricé momentos más tarde al notar que, no sabría decir precisamente cuando, pero mis brazos por propia inercia y voluntad habían terminado enredados en su cuello y como mi boca lentamente comenzaba a responder.
¿Qué estaba haciendo?
Me solté de él como si de hierro candente se tratara… y debo reconocer que sólo lo logré en verdad porque él así lo permitió.
No sabría decir qué sentía ¡Mucho menos qué pensaba! Mi cabeza, mi razón, todo en mí era un completo e indefinido caos. Todo en mí era un completo hervidero de imágenes sueltas, recuerdos, formas, sentidos.
Me fui alejando paso tras paso. Mirándolo en todo momento mientras mi mano se posaba ligeramente sobre mis, ahora, hinchados labios. Los sentí, calientes, casi doloridos. Sensaciones nuevas.
Todo era nuevo. A pesar de que, de alguna forma, era un cruel deja’vu.



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