14 de junio de 2013

TIEMPO DE MAGIA... CAPÍTULO 5


DISCLAIMER: Los personajes pertenecen a JKR y a GLEE y la historia es de mi autoría.


N/A: Este capítulo es prácticamente todo un lemmon, sin embargo no lo he hecho tan descriptivo como los hay en otras de mis historias. Diría que está narrado casi poéticamente hciendo realmente muy poca -casi ninguna-, referencia real... Espero les guste y si no les gusta el lemmon simplemente pueden saltar el capi y leer el próximo... Por cierto, la canción es la de Adele pero también escuché la de Change de DEFTONES (amo el tema, es tan putamente sexy!) por si prefieren esa... See'ya

"I let it fall, my heart, and as I fell you rose to claim it,
It was dark and I was over until you kissed my lips and you save me..."

.

"Dejé caer, mi corazón, y mientras caía tú viniste a reclamarlo,
estaba oscuro y yo estaba devastada hasta que besaste mis labios y me salvaste..."

'Set the fire to the rain' (Adele)

Capítulo 5

"Fuego"

.

Y por fin. Por fin toda esa tensión que llevaban experimentando desde hacía horas y que había ido construyendo una vorágine de sensaciones apabullantes fue liberada al primer contacto entre aquellos labios demoníacos del moreno y esos suaves labios angelicales de parte del rubio.

Fuego corría por sus venas. Lava ardiente unía sus bocas.

Las bocas cobraron vida propia y saquearon demandantes su pleno sabor.

Demasiado pronto.

Demasiado pronto dejó de ser suficiente.

El fuego arrasaba.

Se quemaban. Latían.

Más. Más. Más. Simplemente más.

Y de pronto ya no había espacio entre ellos.

No había tiempo.

No había lugar.

El contacto. El mísero primer contacto fue su perdición.

Parar.

Parar fue algo sacrílego... pero humanamente necesario.

Respirar.

Inhalar. Exhalar.

¡Qué trivialidad más estorbosa!... pensamiento errante. Pensamiento compartido.

Y lo notaron. Ambos cayeron en la cuenta del ruido antes sordo a su alrededor. De las miradas poco disimuladas que se llevaban por los que aún alcanzaban a verlos a pesar de haberse ocultado por entre las sombras de debajo de la escalera más alejada en la parte más recóndita de la pista aún abarrotada de gente. De los susurros que puede que los incluyeran o puede que no y que a la vez no les interesaba en lo más mínimo, no cuando podían esforzarse en escuchar aquella respiración jadeante y acelerada de la persona que les hacía hervir la sangre y rugir sus venas bajo la muy sensible piel. Conscientes de saber que este, fuego... De que esta llamarada que uno había encendido en el otro estaba muy lejos de acabar y apagarse porque reconocían, sabían, que en realidad esto era de ese tipo de fuego que solo terminaría cuando quienes lo encendieron fueran consumidos completa y totalmente por sus lenguas y no antes. Nunca antes.

Demasiado malditamente conscientes de que aquel no era ni el momento ni el lugar para continuarlo y a la vez demasiado desesperados por medir si el otro sería la persona capaz de echarse atrás y dejar aquellas llamas flameantes así, vivas, latentes. Intentando leer, a pesar de la poca luminosidad, las facciones -ahora ya no tan desconocidas del otro- en respuesta a lo que seguiría. A lo que anhelaban siguiera.

Y sin embargo, una mirada a las profundas pupilas del otro les dio a ambos la respuesta tácita y silenciosa de que esto no iba a quedar de ninguna manera allí, de que ambos querían, necesitaban más.

Ahora. YA.

Más besos.

Y jamás fueron conscientes de como ellos se perdían una vez más en la mirada del otro y sin siquiera preocuparse de avisar a sus respectivos acompañantes, dejar todo atrás. No había tiempo. No para esas trivialidades al menos.

Más saliva.

Y la necesidad les nubló cualquier pobre resquicio de lucidez o razón, mientras que lo único que pensaban era en que donde fuera que fueran estaba condenadamente lejos.

Más gemidos.

Y todo parecía demasiado malditamente lento. Demasiados pasos hasta el coche más cercano. Demasiadas personas en el medio de sus pasos. Demasiadas luces que en secreto ambos temían terminaran arruinando e momento, esa extraña burbuja de tiempo en la que parecían estar encerrados. Demasiados autos. Demasiado ruido. Demasiado tráfico y, sobre todo, demasiadas malditas calles de distancia de lo que por ahora prometía ser el maldito propio Edén del paraíso en sus manos.

Más presión.

Y todo lo que uno quería del otro se sentía demasiado cruelmente cerca y lejos a la vez. Accesible y denegado por la hipocresía social que no les permitía saciar sus mundanos placeres y simplemente yacer en ese preciso lugar. Demasiado conscientes de no querer terminar batallando con las posibles repercusiones de tal acto porque ¡Joder! ¡Estaban en el medio de la muy abarrotada quinta avenida en medio de la noche de un movido fin de semana y no había ni un minúsculo lugar donde pudieran yacer a voluntad sin perder aún más tiempo o dignidad!

Más aire.

Y con un gemido y un evidente apriete en la cintura del rubio, este fue arrancado del auto que apenas recordaba abordar para llegar de manera increíblemente rápida a un lujoso asensor que quizás en otro momento se molestara en elogiar pero que ahora tan solo podía asociar con un mínimo de posibilidad.

Más calor.

Correr. Correr por el pasillo aún con sus bocas enredadas en la propia humedad de sus lenguas no parecía algo tan descabellado o ridículo en esos momentos. No importaba un demonio cuan absurdamente desesperados se vieran después o el posible bochorno que pudieran sentir luego al recordar tardíamente como las cámaras filmaban todo y que seguramente habría alguien tras ellas

Más cerca.

¡Y joder con la maldita llave electrónica y esa puerta del demonio que no quería concederles su MUY necesitada privacidad!

Más piel.

Sacos volando apenas cruzar el umbral y la urgencia que hizo a varios botones de la camisa del rubio volar. El resto de la ropa pronto le siguió por los aires. Nunca hubo un segundo pensamiento a su ubicación.

Piel a descubrir. Piel a saborear.

Nada más importaba. ni siquiera el saber que era realmente una chaqueta costosamente Gucci la que estaba entre sus manos le impidió simplemente terminar por arrancarla y tirarla sin menor diligencia.

Piel contra piel.

Tocando y conociendo la piel sedosa, piel inmaculada, piel curtida, piel dañada. Piel morena y piel albina. Un mapa de sensaciones que trazaban sus dedos en los poros del otro.

Descubrir. Tocar. Acariciar.

Apretar. Lamer. Sentir.

Besar.

Marcar.

Querer que su propia huella quedara tatuada en los confines del cuerpo ajeno que se sentía de pronto extrañamente propio.

Y parecían que campanas sonaban por entre los rayos divinos del cielo. No importaba un comino que allí fuera de noche y la habitación estuviera a oscuras.

No importaba que esas manos grandes y morenas se estuvieran enredando por entre las hebras de aquel rubio cabello, alternando entre tirar, apresar y acariciar. Desordenándolo todo a su paso. Dejándolo en completo y glorioso caos... El rubio nunca hubiera imaginado que esta fogosidad casi salvaje le terminara por agradar tanto al punto de que lo único que podía pensar era en MÁS.

Todo era más.

Más rápido.

Más piel.

Más besos.

Más caricias.

Más, más, más.

Y se encontraron perdidos y encontrados. Desorientados.

Nunca fue así. Nunca había sido así para ninguno de ellos. Nunca fue esta cosa que nublaba todo juicio, raciocinio y coherencia. Nunca resultó algo tan exigente y abrumador. No algo que impregnaba con su calor infernal cada porción y poro de sus cuerpos. Nunca había sido esta cosa de que uno alimentara indefinidamente el calor del otro.

Pasión.

Y jadeos agónicos de la sensación de no ir demasiado rápido y a la vez estar yendo condenadamente lento.

Esto era puro deseo ilimitado. Pura pasión desmedida.

Aquí, entre los brazos del otro, pronto encontraron un lugar sin juicios o restricciones.

Deseo. Aceptación. Lujuria. Anhelo. Pasión. Delirio.

Y entre gemidos y caricias. Entre manos serpenteantes y mordiscos suaves. Allí, perdidos en el sabor, color y forma del otro. Perdidos en los sonidos que desprendían sin permiso de sus bocas... la danza comenzó.

Una danza erótica más antigua que las palabras mismas.

Una danza que eliminaba el espacio del mundo mismo y que solo los dejaba a ellos rendidos completamente a sus más bajos instintos y necesidades. Una danza apasionada, libre, desmoralizada.

Se unieron con urgencia, acoplándose, amoldándose, encontrando esa cadencia tan personal en la que cayeron como viejos amantes a pesar de ser completamente conscientes de que a pesar y se habían conocido. Kurt lo vio por entre sus ojos entrecerrados de placer y pudo vislumbrar la fuerte y galllarda figura sobre él, quedándose sin aliento cuando vio aquellas facciones tensas y concentradas en su piel... era aún más hermoso de lo que recordaba, aún a pesar de que ahora la iluminación era menor y todo. No importaba. El hombre ante sus ojos era hermoso. Casi demasiado para ser verdad. Una fantasía... quizás, pero si eso es lo que esto era él lo aprovecharía aún si la vida se le fuera en ello. Necesitaba este desglose de sí mismo. Necesitaba perderse de todo y todos. Él quería y anhelaba esta pasión así que él solo se limitó a dejarse yacer allí y permitirse recibirlo en su cuerpo con apasionado desenfreno, hundiendo las uñas en aquella marcada espalda, susurrando sus jadeos en su oído, besándole como si no hubiera nada más que ellos dos, en esa cama y ese calor.

Piel. Sudor.

Caricias y frases confusas que quedaban a solo medio decir por quedar torpemente interrumpidas por los sonidos de su placer.

Allí, rendidos entre las caricias suaves y los aprietes fogosos.

Allí, enredando sus cuerpos con el del otro y gritando en éxtasis por más.

Allí, donde las sábanas quemaban por la constante fricción de sus cuerpos.

Allí, simplemente allí, donde ellos yacían y todo se quemaba.

Cada pensamiento que se mataba con el movimiento.

Cada malestar, que volaba ante la presión de la piel.

Cada problema, que se perdía entre los sonidos de placer.

Cada razón, que se esfumaba como si nada ante el simple sabor del placer.

Esto era lo correcto. Esto estaba bien.

De pronto la realidad; SU realidad, era que nada más importaba fuera de esas cuatro paredes. No había más oxígeno allí fuera para ellos. ESTO -lo que sea que esto fuera-, era exactamente lo que ambos necesitaban ahora, luego, antes y después. Y esto sería lo que necesitarían hasta el momento en el que sintieran que su piel había calcinado cada emoción fuera de su lugar de sus sistemas, esto era lo que necesitaban hasta el momento en el que sus energías fueran tan escasas que apenas y se pudieran mover. Era una especie de acuerdo tácito que ninguno supo cómo o cuando fueron capaces de entender. Tampoco importaba.

Con la ventana abierta y las cortinas faltantes. Con la oscuridad de la noche y la luz de la luna como único testigo de tan desenfrenado encuentro pasional. Con la certeza de que el pasado ya era y el futuro aun no llegaba y que era el ahora lo único que importaba. Con todo eso como única verdad y en el pleno disfrute exultante de la cúspide del placer, ellos cedieron... ellos se liberaron de las cadenas que quizás ni sabían que llevaban.

El rubio explotó entonces primero en un clímax vibrante, que le hizo gritar, entregándose al placer puro y duro que recorría cada onza de su cuerpo ahora de pronto demasiado exhausto y relajado como para mantener la alerta de sus más básicos sentidos. Mientras que el moreno se hundió con fuerza al tiempo que lanzaba un rugido que le hizo prolongar los rescoldos de su placer, como si su cuerpo hubiera sido completamente creado para satisfacer el placer del otro y mientras éste, ya sin recato alguno, pasó a alzar aquellas nalgas doradas que aún mostraban sus contracciones debido al clímax, y mordiéndole el cuello mientras por fin el hombre eyaculaba en lentas oleadas muy pero muy dentro de él. El corazón del moreno latiendo tanto y tan fuerte que por unos cuantos segundos en verdad creyó que acabaría desvaneciéndose, incinerado en el calor que corría por sus venas. Confuso, se dejó caer sobre su joven amante, quien rió, besándole con fuerza antes de rendirse a la lucha de sus párpados que solo clamaban por cerrarse y dejarse ir.

Y fue en ese momento en el que, cegados por el momento, ambos se perdieron esa maravillosa visión de la magia arremolinándose a su alrededor como un halo plateado que los abrazaba e invitaba a más.

Una sensación de inexplicable euforia que los invadió y muy rápidamente les dejó presa de un sopor que los colmó, los envolvió y acunó haciéndoles imposible el resistirse a su llamado. Sus cuerpos culposos respondiendo a la necesidad de absurdo descanso. Aún enredados. Aún entrelazados. Aún... unidos.

Aún conectados, sus cuerpos se rindieron al sueño y el único pensamiento coherente y -sin saberlo- compartido que los invadió, era que no veían la hora de despertar y comenzar esta deliciosa tortura de fuego una vez más.

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