20 de febrero de 2014

El Placer del Pecado... capítulo 24

Disclaimer 
Los personajes pertenecen a S. Meyer y la historia es de mi autoría.
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EL PLACER DEL PECADO

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"Esta es la historia de dos jóvenes prohibidos desde el mismo instante de su creación.
Una historia de amor fraternal destinada a un caótico fin.
Un amor que simplemente es cenizas antes de que el fuego se encienda.
Un amor corrompido, repudiado, condenado…

…Un amor de pecado".

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CANCIONES DEL CAPÍTULO:

Call Me -SHINEDOWN
Sunlight -NATALIE IMBRUGLIA
Love will show you everything- JENNIFER L. HEWITT
Over and Over -THREE DAYS GRACE
Innocence -AVRIL LAVIGNE



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'Entierra todos tus secretos en mi piel...'

Una semana después, Edward no podía esbozar más que una corta sonrisa cínica ante el aún fresco recuerdo de su regreso a la tan cruda realidad luego de aquella paradisíaca noche.

Regresar a su casa fue como ir flotando contenidos entre hermosos y suaves algodones de colores... para terminar cayendo unos cien metros a unos 200k/h sin siquiera un mísero paracaídas y con solo una palabra golpeando en sus aún muy jóvenes mentes.

MIERDA.

Su casa. De ambos. La casa de su familia. De sus padres. Puta madre, ¡los padres de AMBOS!

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'... El aire que me rodea aun lo siento como una jaula...'

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Lamentablemente para ambos, el controlar los pensamientos depresivos y represores era tarea difícil... y diaria. Definitivamente cualquier persona con un corazón abierto a las posibilidad del amor entendería que los estigmas de años no eran solo algo que se fuera a solucionar o a superar de la noche a la mañana. Tampoco luego de tan solo una charla y un par de días tranquilos.

Realmente sería algo bastante iluso esperar y soñar algo así.

El amor; ciego, arraigado, pasional y enigmático. El amor no se dejaba dictar por normas preestablecidas salidas de bocas que nunca le vivieron o sintieron. El amor no era algo que se pudiera solo, limitar. No. Nunca. El amor , para bien o para mal, solo era. Era y uno debía adecuarse a él y no al revés. Uno tenía el deber de vivirlo, sentirlo, abrazarlo y embeberse en él. Uno tenía el deber de dejar que ese sentimiento tan complejo y completo le inundara el alma y se adueñe del cuerpo. Uno solo podía y tenía que dejarle fluir cual cascada clara y simplemente permitirle que rija su mente borrando la razón que siempre suele ser tan atada a standares arcaicos que uno se ve obligado a mamar desde el más tierno seno porque lo diferente a eras siempre se ha de ver mal, y las casi siempre erróneas preconcepciones de un puro sentimiento idílico y condicionadamente correcto.

Nada de poemas y risitas vagas. Nada de príncipes en hermosos corceles que en realidad nada hacen ni de princesas inocuas que pronto son decoración.

No, estos jóvenes se amaban, sí. Con fuerza. Con pasión. Con delirio irracional. Entregados el uno al otro sin cura o remedio aparente. Felices como el infierno de poder sentir y compartir todo aquellos... y aterrados como el infierno de todo lo demás.

Recordando a cada momento los susurros entredichos de viejos prejuicios .

Recordando a cada momento, una y otra y otra vez, todas aquellas razones por las cuales se habían obligado a permanecer separados y en silencio hacia el otro durante aquel sombrío tiempo y todas aquellas razones por las que sabían no debieran permitir a esos errantes sentimientos seguir y crecer. Arraigarse. Florecer.

Pero; y sí, siempre hay un pero... Su anhelo de la cercanía del otro era fuerte. Imponente. Su deseo de tocar la piel aunque fuera en una nimia y aparentemente casual caricia era creciente. Intolerable.

Todas esas voces que brillaban tortuosas por sus mentes diciéndoles una y otra vez lo insano que aquello era, todo, absolutamente todo, se apagaba y acallaba en cuanto sus miradas , miradas cargadas de cada sentimiento sentido, se encontraban; dándose mutuamente la fuerza necesaria para enfrentar un día más. Un momento más.

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'... Avergonzados, escondiéndonos en nuestras cicatrices...'

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Charlas en madrugadas y besos robados a la oscura noche fue todo lo que se dejaron vivir. Necesitados ambos de sentirse y saberse juntos para poder reunir el valor y la fuerza que requerirían para avanzar. Ser. Necesitaban ser fuertes por y para el otro para cuando el momento de romper esquemas y quebrar ilusiones surgiese. Todo sintiéndose como una pequeña bomba de tiempo. Pequeña pero poderosa por el enorme poder de efecto en cadena que poseía.

Hablaron. Hablaron como nunca antes lo habían hecho.

Cada mentira o media verdad fue tapada o sepultada por la verdad más absoluta.

Cada miedo y sentimiento expuesto y desmenuzado, desterrado; porque, después de tanto, no cabía en ellos más sentimiento que el propio amor. Amor bendecido por los mismos susurros del viento y siempre acompañado por las titilantes estrellas de cada noche. Amor guiado y vigilado por su silenciosa amiga la luna.

Era difícil. Difícil actuar como si aún apenas se trataran -aunque ahora se tratase de un trato un tanto más cordial fueron lo suficientemente astutos como para entender que no sería bueno un cambio demasiado radical. No podrían llamar la atención innecesaria justamente ahora ¿o sí?-, durante todo el tiempo en el que el sol -o el amago de éste-, saliese en el cielo. Era difícil, cada vez más, el retener las dulces palabras que tan libremente salían por las noches y más aún el guardar a pura fuerza las caricias que, posesivas, querían hacer su camino hacia el otro. Asegurándose. Perteneciéndose. Adueñándose y reclamándose.

De acuerdo tácito ellos se permitieron robar a su amor aquel medio día cada día, preparándose y, secretamente, a la vez despidiéndose de aquellos que, aunque fuera de una manera diferente, también amaban porque, no, ellos no se hacían ilusiones vanas y no dejaban vivir alimentándose a vivir ciegamente engañados. No podrían con ello. No podían hacerse creer por más que fuera un momento pasajero para detener el dolor que el solo pensamiento les creaba, que aquel amor que tan felices les hacía y tanto les daba, sería suficiente como para que el resto más allá de su relación de hermandad.

Dolía sonreír cada mañana cuando, al despuntar el alba sus caminos una vez más se separaban y se encontraban negando su amor con cortas miradas veladas y secas palabras mientras sus padres les miraban tal y como siempre, preocupados o dolidos de que ya no fueran esos niños pequeños que nunca podían separar. 'Si tan solo supieran', pensaban ellos en cambio, desanimados de saber cuanto dolor y traición les dejarían.

Sus siempre amorosos padres solo los veían como hijos. Como hermanos.

Pero todo ello era necesario. Lo sabían. Lo entendían. Ellos debían de ser capaces de intentar al menos herir lo menos posible a aquellos que tanto les dieron. Sin embargo no se hacían ilusiones, no cuando luego, una vez rotas pudieran doler y destrozarlos aún más.

Eran realistas... aunque les doliera serlo.

Aunque les estuviera matando por dentro.

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'... Te amo, me amas... Toma este regalo y no preguntes porqué...'

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—¿Qué haremos luego? —preguntó la joven aferrándose a la mano que, tranquila, reposaba por sobre su plano vientre al ser abrazada desde atrás.

Sentados ambos por entre las sombras de una noche sin luna, mirando apacibles por la hermosa ventana de la menor, justo hacia aquel bosque que les había ayudado a aceptar su amor.

—¿Qué quieres hacer?

—Sabes bien que no podemos seguir así. No podemos quedarnos aquí. Tampoco podría hacerles eso...

—Lo sé.

Un suspiro mal contenido se filtró en el silencio nocturno. Planes e ideas golpeando fuerte en sus mentes.

—No quiero que sufran Ed. Sé que no podrán aceptarnos y duele pero... no quiero que sufran. Lo harán. Lo sé y lo acepto —dijo hablando tan bajo que a pesar de estar a su lado incluso a Edward le costó escuchar—. Quiero creer que quizás un día entiendan, o que por lo menos lo acepten. NOS acepten... Tengo miedo Ed. Mucho, mucho miedo.

—Te lo dije Bells. Podemos seguir tan solo así. Quizás hasta que viajes a la universidad. Podríamos vivir juntos allí y trabajar alguna forma de hacer algo, hacer que...

—Pero, seguiríamos escondidos, amor. Seguiríamos engañándonos y robándonos siempre la mitad de un día, cada día... durante demasiado tiempo. Tiempo que ya hemos perdido. No quiero perder más. No quiero perderte a ti. No después de finalmente poder llegar a algo juntos. No puedo hacerlo. No quiero.

—Bella. Tienes tu beca. No puedes perderla y lo sabes.

—Pero...

—No. La gran posibilidad de perder la única familia además de nosotros mismos, que tenemos es suficiente, demasiado. No puedo aceptar también el robarte también tu futuro.

Un suspiro y caricias suaves fue la única respuesta de la chica que, enamorada, sabía lo daría todo y más por solo poder permanecer así, justo como en aquellos momentos, por siempre y un poco más.

Nada más se dijo esa noche.

Ideas pasaban y pensamientos se cruzaban.

La única certeza eran esos pequeños pero sumamente reconfortantes movimientos de sus manos en caricias rítmicas que aplacaban los remordimientos, empujaban las culpas y calmaban el dolor.

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'...Sé lo que es mejor para mí... pero en su lugar, te quiero a TI...'

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Una nueva noche.

La tensión del día había terminado por ser extrema.

Un mes ya viviendo de aquellas caricias prohibidas entre aquellas conocidas y sagradas cuatro paredes. Un mes donde de pronto el día se había convertido en su más odiado enemigo.

A veces, ambos se preguntaban si en verdad eran tan buenos ocultando el amor que ellos podían ya ver y reconocer en sus ojos... o si la realidad era que sus padres eran realmente tan condenadamente ciegos a ver más allá porque, a fin de cuentas, aquel viejo dicho era una cruda verdad; definitivamente no había más ciego que aquel que no quería ver...

Aquella noche. Aquella cena... todo dique casi se rompe. Preguntas inocentes terminaron volviéndose armas cargadas. Preguntas del pasado. Preguntas del futuro. Incómodas. Sufridas. Preguntas que dolían.

—Edward, ¿has conocido a alguien especial en estos años? —preguntó su madre mirando terriblemente interesada en la vida amorosa de quien por siempre sería su hermoso y tierno bebé.

Silencio. Incómodo y nefasto silencio.

—Vamos hijo, cuéntanos. De seguro hubo alguien, ¿cierto? —dijo ahora su padre en un tono bromista que contrastaba de manera horrible con las caras agravadas de la mitad de los comensales sentados a la mesa.

Pregunta de una madre que, aunque celosa, quería, necesitaba saber más de aquellos años en los que había sufrido tanto al tenerlo lejos de sí. Saber que su bebé tenía a alguien para él. Alguien a quien amar. Alguien que le ayudase a aplacar aquel temperamento indómito que solía mostrar.

—Hubo.

Una sola palabra y el tiempo pareció parar.

Su madre se emocionó y gritó con el rostro encendido de felicidad.

Su padre sonrió indulgente como quien escucha una sabida verdad.

Y ella...

Ella solo atinó a bajar la cabeza y pensar fuerte en recordar palabra por palabra una vieja poesía que de niña le gustaba recitar tan solo por el simple hecho de no dejarse pensar.

Nadie. Absolutamente nadie notó el suspiro medio desesperado, medio frustrado que salió segundos después de aquella breve palabra de aquellos mismos labios.

Quiso gritar; 'Mentira! ¡Hay! ¡Está aquí, justo junto a ti! ¡La amo! ¡Y me ama!'

Pero nada salió ya de su boca sellada. Nada salió de los labios de nadie.

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—¿Hubo, Edward? —susurró ella hundida con pesar y miedo de los fantasmas desconocidos. Irónicamente encogida y refugiada en el fuerte pecho de aquel hombre que, con solo una palabra podría revivirla y matarla a la vez.

No le importó su dolor cuando apenas unos momentos antes él entró y corrió a abrazarla. Nunca se negaría el placer de yacer entre sus brazos ya.

Dolida, agotada y triste se dejó envolver en esos brazos, aspirando aquel aroma a bosque que parecía quedarles a ambos en la piel. Su aroma a madera y especias, mucho más fuerte y calmante que el suyo propio.

—Hubo. Tú. Hay. Tú. Siempre has sido tú princesa. Siempre lo serás. Necesito que lo sepas, que lo entiendas. Nunca podría haber nadie más para mí. Robaste mis ojos cuando apenas llevaba seis simples y cortos años y ya no puedo ver a nadie más —dijo él suave y dulce mientras le miraba directamente a sus ojos húmedos ahora—. Tuve que decirlo Bells y, en cierta forma retorcida es cierto. Fuiste tú, antes; antes de todo esto. Siempre has sido mi imposible. Mi sueño irreal y prohibido. Fuiste todo aquello que siempre sentí nunca podría tener. O merecer... Y eres, amor. Mi amor. Eres todo por lo que daría mi vida y aún más si pudiera y tuviera qué. Eres aquel hermoso y mágico deseo concedido por una mágica estrella fugaz. Lo eres todo y mucho, mucho más. Siempre más. Mi todo.

Lágrimas silenciosas cruzaban ahora el pálido rostro que, alumbrado por la luz azulada que se colaba por la ventana le daba un aspecto casi etéreo.

—Y tú para mí. Lo entiendo. Lo siento... Yo...

—No lo hagas. Sé exactamente lo que sentiste porque es lo mismo que yo sentí el otro día cuando, sin querer escuché a mamá preguntarte por 'Mike... y por 'Jake' —dijo con los dientes bien prensados y los puños apretados.

—Yo no... ellos no...

—Lo sé —le cortó sabiendo que lo que decía sonaba demasiado posesivo e irracional. Y aún así... —, pero de todas formas me sentí igual —terminó por susurrar.

Un abrazo de mutuo consuelo fue su respuesta de aquella noche.

Ya ahora cayendo en la rutina de que había un momento en el que ambos sabían era mejor dejar de hablar.

Un momento que esperaban con ansias porque se encontraban libres de dejar a su cuerpo sentir. Sentirse del otro.

Pertenencia.

Seguridad.

Confort.

Un momento en el que todo desaparecía y solo quedaba en ellos su profundo amor.

'... Y me aferro a eso. No lo dejo pasar...'

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